Jardín apalabrado: La vid

 

Viñedos en Santa María del Camí (Camí de Passatemps)

 

Hace exactamente 6 años vendimié por primera vez. 

Para quien no ha participado en una vendimia puede que tenga la idea de una tarea tan ligera como acercarse a un árbol y tomar su fruto. Pero la vendimia requiere esfuerzo. Es una tarea tan ardua como ingrata. No hay nada glamuroso en ello. Para recoger la uva en un estado óptimo es mejor hacerlo con temperaturas suaves por lo que hay que madrugar bastante. Cuando el Sol aparece por el Este, tal vez llevas una hora y media con la espalda doblada y ya te has llevado alguna picadura de avispa o araña (y puede que no sean las últimas). Para cuando llegas a casa, solo quieres darle a tu cuerpo algo de descanso. Y aunque se comparte la vendimia con gente, apenas hay tiempo para hablar porque hay que ganarle tiempo al Sol y al menos yo, cuando terminaba la jornada solo tenía ganas de llegar a casa y reponer fuerzas. 

En esos días, mi abuelo hacía poco más de un mes que había fallecido y recuerdo que pensaba en él para tomar fuerzas cuando me atacaba el dolor en la espalda. Y sin embargo, vendimiar también aliviaba el dolor por su adiós. No he vuelto a vendimiar desde entonces. Pero beber vino no ha vuelto a ser lo mismo (sobre todo si veo “cosecha del 2013” jejeje). Pero no, no voy a soltar el discurso de «tuve que vendimiar para valorar cada sorbo de vino». Vendimié por dinero. Como veis, la motivación no tuvo nada de romanticismo por la cosecha. Pero me llevé mucho más que unos billetes. Todo el aprendizaje de aquellos días llegó mucho después (como suelen llegar las lecciones, dándole tiempo al tiempo).

He querido viajar en el tiempo a esa vendimia literal que hice, para honrar la llegada del otoño, la llegada de la cosecha de todo el esfuerzo y trabajo hecho a lo largo del año. La  Naturaleza se concede una pausa y nosotros también. Una pausa en la que hacemos balance de todo lo que hemos recogido en estos primeros 9 meses del año. 

Todo a nuestro alrededor está cambiando. Y si observas a la Naturaleza (la mejor brújula para el ánimo de las personas): verás una luz más cálida, temperaturas suaves, cambian los colores de los bosques, de la tierra y también el ambiente es más silencioso, las aves inician sus migraciones, los vientos soplan más fuertes….

La naturaleza necesita descansar, regresar despacio al interior de la tierra y poner una pausa. Nosotros también necesitamos despedirnos de lo que ha terminado, cerrar un ciclo y dejarlo atrás, para tomarnos una pausa y mirar nuestro interior. Soltar lo que ya no va con nosotros, lo que nos impide crecer, lo que nos daña o limita, para dejar espacio a que florezca algo nuevo y más vivo. Igual que hacen los árboles con sus hojas ya envejecidas y que han cumplido su función. Silenciarlo todo, para poder distinguir tu voz de la del ruido de redes sociales, influencers, consumismo, desencanto, enojo, miedos, obligaciones, rutinas, elecciones… Poner el foco en una misma y en lo que esperas de ti.  

Al igual que la naturaleza cambia, muere y renace, el otoño nos
invita a abrazar los cambios y a… 

…Salir a disfrutar de esta luz de otoño y sus suaves temperaturas. Pasear por bosques, por caminos llenos de hojas amarronadas, observar cómo ha cambiado la naturaleza de una semana a otra, descubrir qué sonidos han aparecido, cuáles ya no están; qué colores abundan ahora a tu alrededor… Agradecer lo disfrutado y aprendido en verano. Encontrar momentos de calma para ti y también para conectar con personas que nutran tu interior, haciéndote sentir bien con tu autenticidad; recuperar melodías que te abrazan…

En definitiva, abrazar y agradecer todo lo que se lleva y trae este Otoño.

 

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Pedracor

La tierra es lo que me da más calma cuando mi mente anda secuestrada por vendavales de pensamientos o por las removidas aguas de mis emociones. Entro en labores de jardinería o cojo carretera, zapatillas y empiezo a caminar.

Durante los paseos por la montaña suelo andar con la mirada puesta al frente o a los lados. Me recreo en el verde de las hojas de los árboles, en los troncos, en el azul del cielo o lo lejos que parecía que estaba la montaña cuando he salido de casa. Parece que camino con más confianza cuanto más miro hacia delante. Otras veces, miro al suelo y observo las piedras. No puedo mirarlas por mucho tiempo porque si lo hago, corro el riesgo de perder el equilibrio. 

Hace tiempo que colecciono piedras (de mi viaje a Oporto me traje un par de adoquines; de Bermeo, una piedra redonda y negra; también de playas, montañas y torrentes de esta isla…). Desde hace un par de años, colecciono piedras cuya forma me recuerda a un corazón. Las he llamado pedracors [no he sido muy original, ¿verdad? ;-)]. Es cierto que esto es muy subjetivo y que dependerá de los ojos con que se miren, pero a mí me divierte muchísimo este juego que me ofrece la naturaleza. Es como si las piedras hicieran cosquillas a mi curiosidad. Y yo nunca le digo que no a la chispa de la curiosidad.

A veces, suelo dejar las pedracors donde las he encontrado y otras, me las llevo conmigo (sin más razón especial que el impulso de ese momento). Actualmente tengo 17. Puede que no se parezcan mucho a un corazón, pero son lo que mis ojos ven.

La piedras, normalmente, han sido usadas como metáfora de error o fracaso (“Tropecé con la misma piedra”, “volví a caer en la misma piedra“). Esas piedras también han estado, están y estarán en mi camino. Algunas veces he tropezado y no tan solo he perdido el equilibrio, sino que me han causado dolorosas heridas. Pero he vuelto a levantarme y he seguido caminando, para encontrarme con nuevas piedras o con las viejas conocidas. Encontrarme con  estas pedracors, sin embargo, me recuerda a esas otras piedras que el camino te pone en la vida y que te dan el aliento, impulso y cariño para que sigas avanzando y agradezcas el haberlas encontrado.

Puedes interpretar que hablo literalmente de piedras o que tal vez esté hablando de personas, de experiencias, decepciones o ilusiones.  

Ya nos lo enseñó El Principito: no vemos porque observamos lo que nos rodea con una mirada superficial. Las pedracors son un ejemplo de que muchas veces lo más importante no es lo más evidente y que la Naturaleza oxigena no solo pulmones sino también un motor vital tan importante como es la imaginación.

Buen camino y buena escritura y muchos encuentros con las pedracors,

Jardín apalabrado: amapola silvestre

 

Hace unas semanas, visité la que ha sido nuestra casa familiar desde hace 38 años. Me gusta pasear sola por los alrededores de la casa, por su jardín, su camino hasta las verjas, sus naranjos… Saludo uno a uno a cada elemento de la flora y fauna (pájaros, sobre todo) que me han visto crecer y a quienes yo he visto crecer, sembrar, morir, cambiar, deshojarse, florecer…

Es un momento de absoluta intimidad entre el que ha sido (y sigue siendo) mi hogar y yo misma.

En esa visita, hubo algo que me llamó la atención. Casi imperceptible a primera vista, distinguí una amapola en el suelo empedrado. Allí estaba, sola. Sencillamente sola, aguantando estoicamente una brisa de marinada o embat (nombre que recibe este viento en Mallorca). Embat significa “azote” y doy fe que la brisa azotaba a la amapola y a sus pétalos. 

 

Y cuando el embat le daba una tregua. Ella se recomponía.

Me quedé mirándola un buen rato. 

Fue un bonito “aquí y ahora”, en perfecta sintonía con la naturaleza. 

 

Donde hay amapolas hay movimiento.

El jardín familiar ya no es el mismo. La familia no es la misma.

Yo tampoco lo soy. 

Siempre presumí de saber adaptarme a los cambios con fluidez. He partido de cero dos o tres veces en mi vida y seguramente lo haré más veces. Pero hasta hace poco me atormentó un cambio inesperado en la estructura familiar. Y me sentí como esa amapola, agitada por los vientos del conflicto una y otra vez durante un par de (largos) años. ¿Cuándo iba a tener una tregua?, ¿cómo podía ser que ese embiste se me hiciera tan difícil?, ¿por qué dolía tanto?

Claro, ese cambio no lo había elegido yo. Ni lo había podido anticipar.

En ese momento, regresó con fuerza a mi vida la escritura. Y fue un apoyo sólido y resistente. (También lo fueron el amor, paciencia y cuidados de quienes me quieren en las buenas y en las malas). Desahogué en el papel todo lo que mi corazón sufría, todo lo que mi mente no lograba entender. Y poco a poco (muy poco a poco), la brisa fue alejándose.  Y llegó la calma. Pero yo ya no era la misma. Mi familia tampoco lo era. Tocaba crear algo nuevo. 

Solo con el tiempo, pude observarlo todo con la distancia adecuada y entendí cuál hubiera sido el coste de que no hubiera cambiado nada. Así, he podido honrar a esos tiempos difíciles, reinventarme y recorrer nuevos territorios en mí misma y lograr sentirme más viva en este mundo. Abrir los ojos y soltar la certidumbre.

 

Significado amapola: Las amapolas crecen en suelos cuya tierra ha sido removida. Por eso es difícil encontrarla en bosques o campos olvidados. Un pequeño tesoro silvestre con un leve efecto narcótico. Simbolizan alegría, felicidad, consuelo y esperanza. 

*Imágenes: Pilar LLompart

Raíces

 

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“El arte de vivir es cambiar las hojas sin perder las raíces.”

Descubrí esta frase hace algunos años. La cacé al vuelo y no escribí a su autora/autor (si alguien lo conoce, por favor, compártelo en un comentario). 

En algunos talleres, la utilizo como puerta que nos introduce a las experiencias, a recuerdos familiares o de nuestra infancia; a todo lo que nos hizo crecer y construir nuestro presente.

Durante un paseo por la playa de Aucanada (al norte de la isla) ví tantas raíces sobresaliendo desde la tierra arañada por el mar, que me sentí empujada a contemplarlas. Presté atención a todas ellas, a cómo se comunican y entrelazan unas con otras, pensé en todas las tormentas que las habrán hecho más fuertes, me fijé en su color, en su tacto (rugoso y anciano) e imaginé su historia. 

¿Cómo es la narrativa que construimos alrededor de nuestras raíces?

¿Qué lenguaje utilizamos para referirnos a nuestros orígenes?, ¿es un lenguaje respetuoso, incompleto, tóxico, que nos enorgullece o que nos causa dolor?, ¿disponemos de toda la información que necesitamos saber o existen datos que desconocemos? 

¿Cómo son las raíces?, ¿de qué recuerdos están hechas?: lugares, melodías, aromas, recetas culinarias, fechas concretas que se celebran, ritos o tradiciones familiares…

Hace dos años me empeñé en recopilar en una libreta toda la información posible sobre mi familia materna. Necesitaba saber. Así de simple. Un día me dí cuenta que apenas sabía algo sobre mis abuelos. La única fuente de información viva y accesible es mi madre, así que fui a visitarla y la abordé con preguntas. Accedí a nombres y apellidos que desconocía que formaran parte de mi biografía; fechas; costumbres; también conocí más acerca de la personalidad de mis bisabuelas/os; descubrí que la familia ha sido un sistema eminentemente matriarcal; hombres y mujeres que siempre han trabajado la tierra y vivido de ella; anoté anécdotas y aprendizajes familiares… Sigo ampliando este Cuaderno de Raíces cuando “cazo” algún comentario referido a “tu abuela esto…”, “tu bisabuela eso…” y así voy recopilando historias que construyeron en un tiempo más lejano las raíces de la mujer que soy hoy. 

 

  Imágenes ©PilarLLompart.