Sobre la vulnerabilidad y la vergüenza | Mimosa púdica

¿Crees que las plantas se sienten vulnerables?

¿Dirías que existen plantas vergonzosas?

 

Pero, ¿qué dices, Pilar?, hablas como si las plantas tuvieran emociones, ¿¡qué locura es esta!?  Pues no es ninguna locura. De hecho, te voy a hablar de la vergüenza y la vulnerabilidad de la mano de una planta, tan especial como curiosa: La mimosa púdica, conocida como la vergonzosa, la sensitiva, la nometoques.

Si en lugar de leer estas 3500 palabras, prefieres escuchar el podcast acerca de la Vulnerabilidad y la Vergüenza, aquí tienes el enlace. Dura 29 minutos (¿qué le voy a hacer?, me apasioné hablando con la mimosa púdica).

Primero, las presentaciones.

La mimosa púdica  no mide más de 1 metro y sus tallos son ligeros. Las hojas son verdes, y tienen un aspecto plumoso como los helechos y muy parecidas a las de su prima la (Acacia dealbata) conocida como Mimosa común o fina.

De Francisco Manuel Blanco (O.S.A.) – Flora de Filipinas […] Gran edicion […] [Atlas II].[1], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=5173863

Te acercas a ella poco a poco y ya sabes cómo reaccionará porque la llaman la vergonzosa, la sensitiva, la nometoques… Sabes que basta con rozar con el dedo sus hojuelas para que se plieguen a toda prisa. Este comportamiento la convierte en una especie rara y fascinante para el jardín; además de su aspecto ligero y elegante, es de las poquísimas plantas a la que verás moverse por sí misma delante de tus narices. Todo un espectáculo del reino vegetal en tu jardín. 

La Mimosa pudica se retrae al contacto de un estímulo táctil, al viento,  ruido, calor. Lo hace para protegerse y hacerse menos apetecible a los herbívoros. Es decir, la finalidad de su conducta es protegerse.  Pasado el peligro y después de unos 5 ó 10 minutos sin sobresaltos, las hojas irán recobrando su postura habitual. Su comportamiento te suena familiar, a veces sueles responder así ante entornos incómodos o que percibes como amenazantes. 

 ¿Qué nos dice la mimosa púdica?, ¿tal vez, no me toques, tengo miedo a que me dañes?


VULNERABILIDAD

 ¿Recuerdas cuando en la escuela, el profesor o profesora  anunciaba que iba a pasar lista para reclamar los deberes y los alumnos hacían (hacíamos) la postura de la mimosa que no es otra que bajar la cabeza y arrugarse poco a poco en el pupitre para pasar desapercibidos ante el profesor?  ¿Qué es lo que me pasa cuando hay algo que no sé? Si hago una pregunta, demostraré que no sé,… ¿qué podrían pensar de mí? ¿Creerán que no sé lo suficiente? Preguntas de este tipo se nos pasaban por la cabeza a todos y por eso, no nos atrevíamos a responder o a preguntar. 

Y ahora te voy a añadir otra pregunta. ¿Recuerdas ese día en el que te sentías tremendamente dolida por una decepción amorosa y cuando alguna amiga o amigo te preguntó cómo estabas respondiste que estabas bien, porque no querías mostrar tu dolor?

Para esta entrada voy a contar con la complicidad de la mimosa púdica, de las palabras de Brené Brown autora de El poder de la vulnerabilidad, uno de esos libros que reúnen una intención generosa, una sólida base científica y la sencillez necesaria para que cualquier persona pueda entenderlo. Y también voy a echar mano de mi propia experiencia con la vulnerabilidad y la vergüenza. 

Voy a empezar por una confesión: a veces me siento vulnerable. 

A mis 41 años, me considero una persona luchadora, con capacidad para levantarme tras una caída y que logra extraer un aprendizaje de los errores y aun con eso, me siento vulnerable. Son esos instantes en los que me siento pequeña ante alguna situación o persona. O cuando descubro que el cuerpo también va cumpliendo años. En esos momentos me siento insegura y desconcertada y percibo miedo y vergüenza, recorriendo mis células… Pero ya no salgo corriendo. Ya no huyo de la emoción. Antes sí, antes incluso la negaba. Me decía a mí misma “Si lo niegas, no existe y así, no podrán ver que eres frágil, y por lo tanto, no podrán dañarte”

Retomando el ejemplo de la escuela. Antes yo era de las que no era capaz de levantar la mano para hacer una pregunta, sin embargo, admiraba en silencio lo valientes que me parecían mis compañeros que preguntaban abiertamente algo al profesor. Ahora ya me “atrevo” a preguntar algo que creo que todo el mundo da por entendido. Cuando eso sucede, otros dicen “pues yo tenía la misma pregunta…, menos mal que alguien se ha atrevido a preguntarlo”. O sea, que lejos de quedar mal delante de la gente por ser ignorante, resulta que ha sido un acto “valiente”. Sin embargo, para mí, lo más importante no es quedar mejor o peor delante de los demás sino que admitir mi ignorancia me ha permitido aprender. No mostrarme vulnerable hubiera tenido el coste del no aprendizaje y para mí, hoy en día, la posibilidad de aprender está por delante del riesgo de parecer ignorante.

Lo mismo sucede cuando en una reunión alguien pronuncia una palabra cuyo significado desconozco. Antes pensaba “si pregunto qué significa se reirán de mí, pensarán que soy inculta”. Ahora pienso “voy a aprender una palabra más” o “quiero comprender mejor lo que ha querido decir esta persona”. 

¿Magia?, ¿ritual pagano en el bosque?, ¿varita mágica? NO. Para llegar a esto, he tenido que atravesar mi propia vulnerabilidad y mi propia vergüenza. Me ha llevado su tiempo aprender que la vulnerabilidad forma parte del ser humano y que mostrarla, es una muestra de fortaleza y de madurez. 

No siempre la escondí. O mejor dicho, hay vulnerabilidades que he escondido y otras que no. Hubo un tiempo en mi vida que era un libro abierto. Bueno, he exagerado. Dejémoslo en que compartía bastante lo que me pasaba, lo que me inquietaba, lo que sentía… Eso, causaba cierta admiración en algunas personas pues podían ver mi ser auténtico (este concepto está muy manido hoy en día, pero realmente pone palabras a mi sentir). Pero también hubo gente que aprovechó esa fragilidad para hacer daño. Y así como la mimosa púdica se contrae para protegerse, yo también me llegué a replegar en mí misma para protegerme. Y tanto me replegué que hasta logré hacerme invisible, no solo a depredadores sino también a otras plantas amigas. Permíteme esta otra metáfora, pero fue así. 

Me funcionó un tiempo, hasta que… dejó de funcionar. Hasta que la coraza dejó de ser útil y empezó a impedirme verme a mí misma como alguien que no tiene nada que ocultar, que no tiene mancha, que no tiene nada de lo que avergonzarse. Tanto invisibilizarme me hice invisible hasta para mí. Fueron cuatro largos años, pero los sentí como si hubieran sido 10. Hasta que decidí emprender una senda de reconstrucción (se dice más fácil de lo que se hace), pasito a pasito, fui reencontrándome  de nuevo, como la hoja de la mimosa que va abriéndose cuando ya detecta un ambiente más amigable, más seguro.

Pero dejemos de hablar de mí y empecemos hablando de Vulnerabilidad:

La palabra vulnerabilidad se divide en tres partes: vulnus (herida),    –abilis (que puede) y -dad (cualidad). 

Es decir, es la cualidad que tiene alguien de ser herido. A veces, al sentirte vulnerable, puedes experimentar: Desconcierto, Ansiedad, Descontrol, Abatimiento, Angustia, Inseguridad, Desesperanza. Te sientes vulnerable cuando sientes: Miedo al abandono, Inseguridad ante las decisiones, Impotencia ante ciertas circunstancias, Temor al rechazo, Miedo a que algo salga mal, Miedo a reconocer que necesitamos algo, Rechazo a ser ayudado, Desconcierto por no poder controlarlo todo, Miedo a la muerte o a la enfermedad, Derrotismo ante un hecho que nos produce una fuerte emoción (ira, enfado, miedo, tristeza…). 

Cuando sientes vulnerabilidad sucede un secuestro en el sistema límbico de tu cerebro. Tu cerebro experimenta peligro así que se despierta una respuesta de lucha o huida. Puedes esconderte, defenderte, correr, huir, tacar, estrategias de desconexión del dolor de la vergüenza, como la mimosa, que se esconde, se repliega… También puedes ir hacia adelante, ir en contra o alejarte. 

La vulnerabilidad y la vergüenza

El ser humano a lo largo de su vida, se va a enfrentar a diferentes tipos de vulnerabilidad: física, psicológica, social, económica, ecológica, política, ideológica, educativa… La solución para superar la vulnerabilidad no pasa por luchar contra ella. Si se mira hacia otro lado, se niega o si se intenta adormecer, se acaba negando o adormeciendo todo lo demás, incluso la alegría, la gratitud, el amor… Y aún peor, aunque se adormezca, no se elimina, como mucho se esconde. Cuanto más la negamos, por miedo, más vulnerables somos, cuanto más vulnerables somos, más miedo tenemos, es un círculo vicioso que nos ofrece la falsa ilusión de bienestar pero es tan solo momentáneo y a medio plazo: nos desgasta. De hecho, este es el origen de muchas adicciones, entre ellas, a la comida, al alcohol…

VERGÜENZA

Brené Brown, defiende que la vulnerabilidad psicológica surge de la vergüenza, que a su vez proviene del temor a perder los vínculos con los demás. Como ser social, necesitamos los vínculos. La emoción de la vergüenza es universal y la sustenta la creencia de que “no soy lo suficientemente bueno”. Con esa creencia incorporada es imposible sentirse digno de ser amado. 

La vergüenza es una emoción social que aparece cuando creemos que hay algo “malo o inadecuado” en nosotros y que, si los demás lo ven, nos rechazarán e incluso nos pueden llegar a excluir.

Elaboramos una imagen negativa de nosotros mismos por cómo somos o por algo que hemos hecho que creemos que nos define (unos malos resultados académicos, una pérdida de trabajo, una ruptura amorosa, un error…). Nos comparamos con los demás y el resultado es distorsionado: somos “peores” que el resto. Nos sentimos divididos. Es como si por una parte somos como somos, y por otra, no queremos ser como somos. 

Creencias que siembran vergüenza: Hay personas mejores y personas peores; hay partes de mí que me avergüenzan, es mejor esconderme y que no me vean a ser juzgada, los demás me van a juzgar sí o sí…

Resultado: Te aislas, te haces pequeño y te desconectas de los demás. 

Brené Brown propone la resiliencia a la vergüenza, que consiste en: 

  • Reconocer lo que la desencadena: qué te cuentas, qué te dices que despierta esa emoción
  • Practicar conciencia crítica: evitar juzgarnos, vernos tal y como somos
  • Comunicarte con los demás
  • Hablar de la vergüenza, compartirlo (con personas que se hayan ganado el derecho a escucharlo). 

ANTÍDOTOS DE LA VERGÜENZA

EMPATÍA. la empatía es conexión, es conectar con la emoción que está experimentando alguien, no con el evento o circunstancia en sí. Por eso, es importante hablarse a uno mismo como haríamos con un buen amigo, con amor, cariño, comprensión, sin juzgar, estando emocionalmente conectado y comunicar ese increíble mensaje terapéutico que es “NO ESTAS SOLO/A”

Contarlo sana, escribirlo también. La vergüenza, dice Brown, echa raíces en el bosque de los secretos.  

SUFICIENCIA. cultivar la idea de que somos suficientes. Que somos valiosos por el simple hecho de ser nosotros mismos. Eso nos libera de las palmaditas en la espalda, ya no estamos condenados a la aprobación de los demás. Nos da dignidad.  Viajar desde el “¿qué pensará la gente?”, desde la comparación hasta el “¡SOY SUFICIENTE!” TAL Y COMO SOY, con lo que tengo, con lo que he hecho. 

Trata de no compararte. No eres ni más ni menos que otros. No eres tus estudios. No eres lo que cobras. No eres lo que consigues. Eres quien eres.  

RECONOCER TU HISTORIA. Tú no has llegado hasta aquí de la noche a la mañana. Has vivido un proceso. Partiste desde el punto A con tus creencias, tus experiencias, tus inseguridades, tus miedos y tomaste decisiones y llegaste al PUNTO B. No eres un “error” o “un resultado”, eres toda una historia. De ahí la importancia del relato, de la narrativa de ese “resultado”. Dice Carl Jung que “si aceptas esta historia, el final lo escribes tú” y que “no soy lo que me ha sucedido. Soy aquello en lo que elijo convertirme”. Valora la belleza de tus fisuras y las flores que han crecido y están creciendo en tus grietas. ¿Quién serías sin tu historia?

Y con todo esto, ¿cómo podemos GESTIONAR LA VULNERABILIDAD?

Mostrarnos tal como somos. Permitir que los demás nos vean vulnerables, imperfectos y, por encima de todo, auténticos. No intentar ser lo que creemos que deberíamos ser. Nunca vamos a gustar a todos, eso no es posible, pero hay mucha gente dispuesta a amarnos precisamente porque nos mostramos tal y como somos. 

Tener el coraje de ser imperfectos. El coraje es la fuerza de voluntad para llevar adelante una acción a pesar de los impedimentos. El coraje implica perseverancia en las acciones que nos llevan a nuestros objetivos. También implica sobreponerse a las circunstancias, cuando éstas no acompañan. Permitirnos el error. 

Aceptar nuestra vulnerabilidad. Lo que hace vulnerable al ser humano es justamente aquello que lo hace bello. Ser vulnerables implica que no siempre vamos a estar felices, ni de buen humor, ni siempre nos vamos a sentir seguros de lo que hacemos, ni de porqué lo hacemos. Aceptar las cosas tal cual son, sin intentar controlarlas o cambiarlas. Aceptar la vida tal cual ES.

Tomar consciencia de nuestra vulnerabilidad nos ayuda a valorar lo que somos y lo que tenemos. Nos lleva a vivir el presente de forma más plena. Aunque en general la sociedad nos haya inculcado que debemos ser fuertes y no mostrar nuestras debilidades, justamente este es un factor que nos define como seres humanos y por tanto un nexo de unión entre todos y cada uno de nosotros.

¿Pero por qué nos cuesta tanto ser vulnerables?

Tú y yo sabemos que abrazar la vulnerabilidad no es la actitud que nos caracteriza a la mayoría de nosotros: queremos ser perfectos, saberlo todo, tener todas las garantías antes de lanzarnos al ruedo. Eso en el mejor de los casos, porque con mucha frecuencia ni siquiera nos lanzamos. Eso nos mantiene en ese lugar cómodo del “no fallé”, pero también nos ancla en el eterno destierro del ¿“Y si lo hubiera intentado…?” No estoy hablando de arriesgarse a lanzarse en paracaídas. La vida tiene pequeños riesgos cotidianos: declarar tus sentimientos a la persona que te gusta aún a riesgo de no ser correspondido; acudir a una entrevista de trabajo aun a riesgo de no ser elegido; pedir perdón a alguien a riesgo de que esa persona no lo haga; pedir una oportunidad; probar un plato nuevo en el restaurante al que vas siempre y arriesgarte a que no te guste; apostar por un proyecto creativo o empresarial a riesgo de que no funcione… 

Para Brown, nuestra aversión a la vulnerabilidad radica en la cultura de la escasez. Y es que nuestra sociedad se alimenta de una idea terrible: nuestra vida, tal y cómo es, es ordinaria y carece de sentido. Debemos compararla con la vida extraordinaria, pero ficticia, de las celebridades del momento, de los amigos de las redes sociales. Y el resultado de sentirnos poca cosa o defectuosos, es que no estamos dispuestos a apropiarnos de nuestras vulnerabilidades, ni a comprometernos con el mundo dándonos nuestro lugar. Mientras nuestros ojos estén entrenados para compararnos, nunca nos conoceremos. 

LOS ESCUDOS EMOCIONALES

Dice Elsa Punset que «la vida es un baile acrobático entre la curiosidad por la vida y el miedo por la vida». 

Como la Mimosa que se repliega y presenta una apariencia mustia para evitar atraer insectos. Las personas creamos escudos que nos “protegen” de las situaciones en las que nos podemos ver o sentir vulnerables. Algunos de estos escudos son:  prevenir la dicha, es decir, no permitirnos sentir mucha alegría o tranquilidad por miedo a que en cualquier momento algo salga mal; el perfeccionismo como forma de evitar la vergüenza de cometer un error; y la “anestesia emocional”, inducida por alcohol, drogas, comida en exceso, trabajo en exceso, dormir de más, etc. En fin, cualquier cosa que hagamos por adormecer nuestros sentidos.

Algunos consejos para comenzar a utilizar la vulnerabilidad como oportunidad de crecimiento y conexión identifica las ideas o las situaciones que te hacen sentir más vulnerable y cómo sueles actuar en esos momentos. Puede ser de ayuda plantearte preguntas como: ¿Qué hago cuando me siento emocionalmente expuesto/a?, ¿Cómo me comporto cuando me siento muy incómodo/a e inseguro/a?, ¿Qué tanto estoy dispuesto a tomar riesgos emocionales?

QUÉ CULTIVAR PARA CULTIVAR LA VULNERABILIDAD

 

La mejor semilla es trabajar el autoconocimiento y la auto-aceptación. Conocerte, en definitiva y aceptar tu historia, tal y como fue, tal y como es. Sin manchas, sin juicios ni críticas excesiva. Fue lo que fue, es la que es. 

Reconócete el derecho a equivocarte : Eres imperfecto. Te equivocas. Y vas a seguir haciéndolo. Vas a seguir cayéndote y levantándote. Cuanto antes lo entiendas, antes lo aceptarás y dejarás de machacarte por cada error y empezarás a verlo como una oportunidad para aprender. Así que, reconoce tu derecho a equivocarte. Mi profesora del Experto en Coaching inteligencia emocional, Valeria Aragón dice que alrededor de nuestros “fallos” y limitaciones merodean nuestras virtudes. Y yo añado, que lo importante no es que caigas menos veces, sino que te vayas levantando cada vez más ra´pido porque caer, caerás a lo largo de tu vida muchísimas veces. 

Comunícate en positivo. Háblate como harías a  tu mejor amigo. Que tu diálogo interior sea amable y cariñoso. Así también lo será tu comunicación externa. En lugar de criticarte a ti o a los demás, ofrece comprensión y amor. “He hecho todo lo que he podido y está bien” es mucho más sano que “Podría haber hecho más…”. La escritura puede ayudarte a identificar patrones en tu diálogo interno, cómo te hablas, qué te dices a ti mismo… Y solo reconociendo tu comunicación internar, puedes aplicar cambios, si corresponde aplicarlos. 

ELIGE A QUIÉN CONTARLO: La vulnerabilidad es poder compartir nuestras historias con aquellos que han ganado el derecho de escucharlas, pero tampoco significa que tengamos que volvernos un libro abierto e ir contando indiscriminadamente todos nuestros miedos, inseguridades, historias y sentimientos a los demás. 

Para que la vulnerabilidad funcione como un vínculo con el otro, es importante que primero exista una cierta reciprocidad con la persona, que haya confianza.  Si te extralimitas, si nada más conocer a alguien (me refiero a horas, o pocos días)  le explicas algo demasiado personal, la mayoría se alejará, pues genera desconfianza, Esas personas se quedan pensando ¿por qué me lo cuentas si apenas me conoces? 

Además, ojo, porque usar la Vulnerabilidad no es ser Vulnerable. 

  • Tener claro qué compartes y qué no. 
  • Tener claro las intenciones que tienes al compartir. ¿Comparto mi vulnerabilidad para crear conexión? o para llamar la atención, para manipular…
  • ¿Qué intención hay en mi conducta?  ¿Por qué quiero compartir esto?, ¿qué resultado o consecuencia espero al compartir esto?, ¿qué emociones estoy sintiendo?, ¿cuáles son mis intenciones?, ¿realmente estoy intentado generar una conexión con esta persona?
  • Solo compartir lo que puedes decir con entereza. No íntima ni heridas frescas. 
  • No desvelar información como medio para trabajar tus asuntos personales. 
  • Compartir solo cuando no hay NECESIDAD de satisfacer al otro, para ganártelo, para caerle bien. Si no sientes que es el momento de compartir, que no hay la confianza adecuada para ti. Sé prudente. 
  • Sé prudente también con las personas que en algún momento han podido usar información que les has proporcionado para atacarte o hacerte daño o mofarse de ti. Pueden ser amistades, compañeros de trabajo, incluso familiares… Si tienes relación con alguien así, pon límites a lo que compartes pues nadie tiene derecho a usar información de otra persona para humillar o herir.  ¿Esta persona me hace sentir cómoda y escuchado/a?, ¿con esta persona puedo ser yo mismo/a?, ¿esta persona me ha compartido sus experiencias?, ¿tengo algo en común con esta persona?, ¿me interesa que esta persona me conozca mejor?, ¿Me interesa conocer mejor a esta persona?

Al hilo de elegir con quién compartes tu vulnerabilidad, añado: SOLO acepta críticas de quien bajó al ruedo, de quien se mojó, de quien se cayó y se levantó o personas a quienes les importas por tus aptitudes y tus luchas. Escuchando esto quizás sientas que solo tienes a una o dos, quizás 3,  personas que reúnan esas características, pues bien. Ya tienes un tesoro. La cantidad nunca es importante, la calidad sí. 

PARA FINALIZAR

Para finalizar esta conversación con la mimosa púdica, voy a compartir este poema de  Alexandra Farbiarz

Cuando todo parece caerse,

cuando el cansancio te agota aún más de lo que creías posible,

cuando nada parece lo que creías que era,

cuando la tristeza asoma por la ventana de tus ojos

sin que puedas esconderla,

la vulnerabilidad llega y te abraza

y también es ella la que te dice

“aquí sigues conmigo

como de costumbre

aprendiendo de mí,

andando camino

y sabiendo que soy

mi mismo reverso,

aquello que labras a través de mí,

la confianza.

No hace falta que huyas de mí

acompáñame amablemente

y podrás ver que la tierra

que sientes perder bajo tus pies

no es más que un camino que sigue

por nuevas sendas

y un camino donde conocer

nuevos colores de mi reverso”

 

 Ya sabes que si te apetece compartir algo, puedes hacerlo dejando un comentario aquí abajo o escribirme a pilar@escrituradeinterior.es

Y dicho esto, no me queda más que dar las gracias a la mimosa por sus poderosas hojas, agradecerte a ti la compañía y  desearte un feliz día. 

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