Atravesar el bosque: El duelo en los procesos de cambio

Piensa en un momento en que finalizaste un contrato laboral (elegido o no), en el que se terminó una relación o vínculo con una persona, cuando te mudaste de casa o lugar de residencia, cuando te deshiciste o perdiste un objeto de valor para ti, cuando decidiste cambiar un hábito o dejaste ir un proyecto o sueño. Es decir, la realidad que vivías tal y como la vivías, cambió. 

Ahora piensa en las veces que no dejaste ir o no finalizaste algo (lo que sea) para evitar el coste emocional que suponía hacerlo.

Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.
JOSÉ HIERRO

 

Hoy quiero hablarte de una parte muy importante  e incómoda que se vive en los procesos de cambio (elegidos o no): el duelo por la pérdida.

Que la vida es cambio, nos lo recuerdan cada día la Naturaleza y nuestra propia biografía.

«El cambio es lo único constante» 

Seguro que has visto esta frase en muchos sitios: redes sociales, grafittis en las paredes de la ciudad, en la portada de cuadernos, tazas, etc. El concepto del cambio ya fue estudiado en la antigüedad por algunos de los grandes filósofos griegos. Para uno de ellos, Heráclito de Éfeso, la idea del cambio constituyó el foco de su atención y acuñó aquello de que el cambio era la única cosa persistente «Todo fluye, nada permanece»

En todo cambio, existe una etapa lo bastante incómoda como para no hacerse notar: el duelo por la pérdida. Con esta entrada quiero poner el foco en:

  • Por qué es tan necesario atender el duelo por la pérdida en un proceso de cambio
  • Las 5 fases del duelo que pueden intervenir en un cambio
  • Caminos para atravesar el bosque del duelo en los procesos de cambio
  • Cómo la escritura puede aliviar el dolor por la pérdida 

El duelo por la pérdida

Normalmente, asociamos la palabra duelo al proceso que se experimenta tras la muerte de una persona querida. En esta entrada no voy a centrarme en el duelo por la pérdida de un ser querido, sino en el duelo en los procesos de cambio: cuando una situación tal y como la conocíamos cambia y se experimenta una pérdida (una situación, objeto o vínculo personal) de algo que era valioso para mí y que ya no está o cuya relación con él ha cambiado (sea o no por nuestra elección).

Recalco lo de “sea elegido o no” porque el duelo en los procesos de cambio está presente: bien sean cambios que hemos planificado y son a mejor; bien sean cambios que no hemos elegido, que nos sitúan en una situación totalmente diferente a la que teníamos. Es cierto que el duelo experimentado en los primeros casos puede que sea aliviado por esa “mejoría” que supone la nueva decisión, pero no deja de experimentarse dolor.

El duelo es la reacción emocional básica ante la pérdida. 

Se tiende a pensar en el duelo solo en el contexto de la muerte de un ser querido, pero también suele producirse como reacción a cambios en etapas vitales: fin de una etapa laboral o escolar; cambio de residencia; pérdida de un vínculo con amistad; una enfermedad; dejar un hábito o una creencia que nos acompaña desde hace tiempo; dejar ir un sueño o un proyecto en el que hemos invertido mucha ilusión y trabajo o abandonar un valor importante para nosotros debido a una nueva etapa vital (por ejemplo, renunciar a cuotas de libertad ante la llegada de un hijo), etc. Seguro que se te han ocurrido algunas más. 

Ante la pérdida se ponen en juego un conjunto de procesos psicológicos y emocionales que llamamos las fases del duelo. Pese a la existencia de estas fases, sabemos que el proceso no es siempre lineal y no es igual para todas las personas. Dice Elisabeth Kübler-Ross en su libro Sobre el duelo y el dolor «Son respuestas que se manifiestan en mucha gente, pero no existe una única respuesta ante la pérdida, de la misma manera que no hay una pérdida arquetípica. El dolor es un sentimiento tan individual como nuestras vidas.»

Así, hay personas a quienes un cambio de residencia les aporta la frescura de lo nuevo y se adaptan enseguida; y otras, en cambio, experimentan en sus primeras semanas algo de confusión y tristeza, de hecho, puede que incluso no sepan ni nombrarlo y lo reflejen con frases del tipo «No sé cómo decirte que me siento…», «Por una parte me alegro, pero por otra…»

Fácilmente confundimos el dolor con una señal de que estamos haciendo algo incorrecto o que nos equivocamos, incluso si no lo atendemos, puede derivar en culpa o sufrimiento. Asociamos la emoción al resultado. Me siento mal = he hecho algo incorrecto.

Dice Brené Brown en su libro Más fuerte que nunca «Pero aceptar el fracaso sin reconocer la verdadera herida y el miedo que ésta puede despertar, o el complejo viaje que implica levantarse más fuerte, es dorar la píldora. […] Pero es más fácil hablar de las heridas que mostrarlas junto con sus  correspondientes sentimientos al desnudo. Y rara vez vemos las heridas que están en proceso de curarse. No estoy segura de si es porque nos puede la vergüenza de que alguien vea un proceso tan íntimo como el cierre de una herida, o si es porque cuando conseguimos aunar el valor para compartir nuestra todavía supurante llaga, la gente en un acto reflejo mira hacia otro lado. Preferimos las versiones inspiradoras y depuradas de las historias de fracasos y éxitos.»

Poco más puedo añadir a lo dicho por Brown.

5 fases del duelo aplicadas a la pérdida en los cambios

Siguiendo las fases del duelo que definió Elisabeth Kübler-Ross, el proceso ante una pérdida en un proceso de cambio sería el siguiente (pero no todo el mundo tiene que vivirlo así ni todas las fases):

Negación

En esta primera fase aún no somos capaces de comprender a nivel emocional la pérdida, y muchas de nuestras emociones permanecen entumecidas. De hecho, no se niega la pérdida, sino que lo que se niega es que esa pérdida es demasiado dolorosa para afrontarla, y la mente no la puede terminar de procesar.

Se caracterizar por expresiones en las que se minimiza o niega la importancia de lo que se siente: «No era para tanto», «Ya se me pasará…», «No me pasa nada…», «estoy bien», «Si yo lo elegí, tengo que estar bien…» y puede mostrarse a través del cuerpo: insomnio, pérdida de apetito, fatiga, etc.  También son habituales expresiones de confusión: “No sé cómo me siento”, “No estoy mal pero tampoco estoy bien…”, «No sé porqué me siento triste si era lo que yo quería…»

Esta fase actúa como un mecanismo de defensa que nos permite ordenar las emociones y administrarlas de manera que los momentos de dolor son mínimos. La evitación de atender el dolor puede llevar a la persona a refugiarse en fármacos, incremento de la vida social, horas y horas delante de la TV viendo cualquier cosa, actividad física, etc.

Fase de ira y protesta

En esta fase ya hemos reconocido la pérdida, somos conscientes a nivel emocional y psicológico de lo que implica, y empezamos a sentir el vacío que nos ha quedado. Es una fase donde podemos sentir muchas emociones a la vez: sentimientos profundos de pena y añoranza, culpa o resentimientos se alternan con la tristeza, anhelo, desesperanza y apatía.

La ira es una fase necesaria en el proceso de adaptación. La ira es resistencia y puede suponer una ancla a la que aferrarnos ante el vacío que supone una pérdida. Si de algo te informa la ira es que tienes capacidad de SENTIR, que valoraste algo y lo has perdido. Iniciamos una batalla para dejar de sentirnos como nos sentimos y ese rechazo hacia el dolor nos lleva al sufrimiento.

La podemos expresar a través de protestas: «No es justo», «No me lo merezco», «¿Por qué a mí?»; incluso descargarlo en otras personas.

Fase de negociación y pacto

Kübler-Ross define esta fase como una tregua temporal. En esta fase empezamos a asimilar la pérdida. Se caracteriza por un diálogo interno con el que tratamos de negociar lo que estaríamos dispuestos a hacer para evitar la pérdida, o cuánto es el dolor que estamos dispuestos a sufrir.

A menudo, nos preguntamos qué podíamos haber hecho para evitar lo ocurrido. Son pensamientos al servicio de evitar el dolor y no de la realidad y por eso, nuestra mente altera los hechos pasados explorando otras alternativas. Pero siempre se llega a la misma conclusión: el cambio sucedió.

En esta fase también suele aparece la CULPA. “Si yo hubiera…” o “De haber hecho/dicho X, no habría pasado….”, “No tendría que haber…”, que nos conduce a encontrar errores en nuestra conducta (juicios) y creemos que podríamos haber hecho algo de otra manera para evitar la pérdida.

Fase de depresión

En este momento, la persona pone el foco de atención en el presente. El dolor invade nuestra vida más profundamente de lo que imaginábamos.

La tristeza, pena, añoranza y el temor ante el futuro son las emociones que toman más relevancia. El predominio de estas emociones nos permite enfrentar el dolor, y avanzar, para poco a poco poder darle un significado. La tristeza es una respuesta normal ante la pérdida y nos permite poner el freno en nuestro día a día y llevar nuestra mirada hacia nosotros mismos para atender la pérdida.

Fase de aceptación

No se trata de sentirse bien con la pérdida y conformarse. Se trata de aceptar la realidad: ha habido un cambio, algo se ha perdido, algo no volverá a ser como antes y me preparo para vivir en esa nueva situación.

La tristeza sigue presente, pero ya no es tan intensa y profunda. De alguna forma hemos aprendido a convivir con la pérdida, hemos dejado ir un poco “lo que era”. Es el punto de partida para poder empezar a mirar hacia atrás sin tanto dolor y hacia adelante sin tanto miedo. Empiezan a asomarse la esperanza, la confianza y los días buenos abundan más que los malos. Incluso podemos empezar darle significado a la experiencia.


Todo camino de crecimiento personal implica perder algo. Esta es la parte incómoda del crecimiento. Los procesos de cambio, independientemente de que sean elegidos o no, conllevan un proceso de duelo: algo deja de ser como era, algo se pierde, algo termina y duele. 

CAMINOS PARA ATRAVESAR EL BOSQUE

A veces, para atravesar ese bosque debemos llorar lo que estamos dejando ir antes de que podamos avanzar. Esta es la parte incómoda del crecimiento, del cambio, de la transformación, la que nos da pereza o asusta porque creemos que es un destino final, porque no queremos sufrir. Pero la verdad es que no avanzamos si evitamos atender el dolor emocional. 

¿Cómo podemos atravesar el bosque?

    • IDENTIFICAR O RECONOCER la emoción. Aunque no podamos ponerle nombre, pero sí ubicarla en la familia de la tristeza, culpa, rabia…
    • PERMITIRME sentir lo que siento. Es una respuesta natural y como parte de mí que es, la acojo y dejo que se exprese libremente. No la rechazo. Suena más fácil de lo que es porque es incómodo, pero profundamente liberador.
    • CONFIAR en que tenemos los recursos suficientes para afrontar la nueva situación. Revisar nuestra biografía y encontrar esos momentos en los que supimos y pudimos atravesar otras pérdidas.
    • Hablarnos con AMABILIDAD y EMPATÍA hacia nosotros mismos. ¿Para qué meternos tanta caña?
    • Rodéate de PERSONAS QUE PUEDAN Y SEPAN ESCUCHARTE. Sin juicios ni regalando consejos, permitiéndote un espacio para expresarte tal y como te sientes.
    • DARLE TIEMPO al dolor. Se irá, pero cuando él sienta que ha sido escuchado, no porque insistamos en que se vaya.
    • ACEPTAR: asumir que existe una nueva realidad y que hay que aprender a vivir con ella. Algo se ha perdido y perderlo, duele.
    • Poner el foco en que ENCONTRAREMOS SENTIDO de lo que sucede más adelante y la experiencia se transformará en aprendizaje. Pero no ahora. Ahora es el momento de atender el dolor.

En todo cambio hay dolor.  El dolor también es una experiencia que nos acompaña durante las transformaciones más significantes. Y atravesarlo permite emerger a la versión más fuerte, más sabia y más valiente de ti.

Cuando permitimos que el dolor sea, SUCEDA, en lugar de empeñarnos en descartarlo o evitarlo, el dolor se convierte en un compañero del camino y su carga se vuelve más ligera a medida que avanzamos.

A mí me ha pasado en bastantes ocasiones. La última: cuando a raíz de toda la crisis de la Covid-19 tuve que despedirme de la idea de talleres presenciales de Escritura de interior y apostar por un nuevo camino online. ¿Crees que fue una decisión fácil e inmediata? Me llevó semanas reconocer que había perdido algo, un mes para atender el dolor y otro mes para aceptarlo y avanzar. Dos meses para atravesar el bosque, y al tercer mes fui capaz de ponerme manos a la obra. En cada uno de los momentos en los que he atravesado procesos de cambio a lo largo de mi vida, no siempre he atendido el dolor. Y lo que sucedió fue que el dolor se hizo notar hasta que lo miré de cara. Con el tiempo, he ido aprendiendo a escucharlo mejor, a darme mi tiempo y a darle espacio al dolor, a reconocerlo. Incluso ha llegado a ser una valiosa oportunidad para conocer más fortalezas que habitan en mí. Pero todas esas fortalezas no las veía mientras estaba en pleno duelo, procesando la pérdida. Las vi cuando el camino se aclaró.

La escritura puede ayudarte a aliviar ese dolor

¿Qué puedo añadir a lo que en la página de inicio de esta web digo sobre la escritura?

Creo que en el poder de las palabras para transformar, aliviar, ordenar emociones, recuerdos, experiencias. Creo en el poder transformador de plasmar sobre el papel lo que te duele, lo que te golpea la mente cada noche cuando te vas a dormir. Creo porque lo he experimentado, lo he podido vivir en mí. Pero no lo elimina, lo transforma en una carga menos pesada. Por supuesto el mundo no gira a mi alrededor, así que no voy a tratar de convencerte, tan solo de sugerirte que si lo deseas, la escritura puede darte ese espacio para desahogar el dolor con total libertad y sin juicio.

Por si te apetece probar, aquí tienes sugerencias de ejercicios:

  • Escribir una carta de despedida (que no enviarás) a esa persona, creencia, proyecto, sueño, puesto de trabajo, casa, etc. que ya está en tu vida. Dale las gracias por lo que te aportó, lo que te enseñó durante los años que compartisteis. Después, puedes quemarla, guardarla o hacer con ella lo que quieras.
  • Escribir en un diario lo que sientes durante ese proceso: qué emociones aparecen, en qué zona de tu cuerpo se manifiesta, qué sientes, qué piensas… Puedes volver al diario unos días más tarde y dialogar con lo escrito, observar los pequeños cambios que se producen en tu interior. 

No te digo que te vaya a doler menos o que el duelo durará menos tiempo (durará lo que tenga que durar), sino que puedes atravesarlo y, hacerlo, te permitirá avanzar. 

A raíz de la crisis de la Covid-19 la vida que teníamos/vivíamos ya no está y antes de lanzarnos a engullir frases preciosas y optimistas, atendamos eso que nos pellizca el corazón, eso que nos mantiene atrapados en un bosque de dolor. Yo también caí en las redes del “todo saldrá bien”, y lo hice porque me aterraba mirar el dolor que me producía aceptar la realidad: que la vida tal y como la conocía, ya no iba a ser igual. No me avergüenzo. Fue mi reacción humana: sentí miedo y necesitaba anclarme en una frase que me diera esperanza. Lo único que puedo decirte es que valió la pena atravesar el bosque y atender lo perdido. Lo honré. Le di las gracias. Hacerlo me liberó.

La escritura puede aliviar y encauzar el dolor, pero también puede hacerlo un proceso de coaching o terapia psicológica. Si crees que un profesional podría ayudarte a atravesar el dolor por una pérdida que te mantiene atrapada, estancada en esas emociones incómodas, busca ayuda para atravesar el bosque.

Imagen portada: John Westbrok by Unsplash

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