Claveles de aire: Parar y crecer

«Lo que uno cree —y, por un momento, espera—, que es el final absoluto puede ser solamente el comienzo de una nueva etapa, una continuación. » Alice Munro

A su aire

Clavel del aire: Esta planta es muy suya, muy de apostar por su libertad. Eligió vivir en espacios libres de márgenes, de macetas, de húmedas profundidades de la tierra. Las raíces no están bajo tierra, sino que están del revés y les sirven únicamente como sujeción, tomando el agua y los nutrientes literalmente del aire, a través de las hojas. Se encuentra en desiertos, bosques, y también en muchas terrazas y por supuesto, en jardines. Crecen en suspensión, fluyendo con el ir y venir de los días, las lluvias y el viento. 

Los claveles de aire siempre me han parecido como si los árboles coquetos se pusieran pendientes.

 

Durante las seis primeras semanas del confinamiento no sentí ni una pizca de ganas de sentarme a escribir. Me refiero a escribir ficción. Creo que reescribí un par de líneas de un manuscrito. Fue lo máximo que logré hacer.

Tras la sorpresa inicial de aquel viernes de 12 de marzo en que todo paró, llegó el tomar conciencia de lo que significaba ese “parón”. No tan solo a nivel global, sino a un nivel más personal: planes, proyectos laborales, redefinir mi trabajo, vivienda, etc. Aparecieron, cual jinetes del Apocalipsis, el Miedo, la Incertidumbre, el Insomnio, la Apatía, la Rumiación constante. Todo eso se hizo cada vez más grande en mi mente y terminó robándole espacio a mi Creatividad.

Al principio, ante la imposibilidad de escribir una línea, reaccioné con negación y algo de rabieta: «¡No puede ser que no se me ocurra ni una frase!» , «Justo ahora que tengo tiempo». Y entonces me obligaba a sentarme y a escribir algo. Pero nada. Todas las noches me iba a dormir con el propósito de que a la mañana siguiente escribiría 4 o 5 páginas. Pero no. Ni una página. Ni una sola palabra. Y aun así me seguía obligando, forzando. ¿Cómo podía ser?

Por si este bucle no fuera suficiente, a diario, mis ojos eran inundados con imágenes de personas entregadas en cuerpo y alma a cocinar, pintar, escribir, decorar, etc. Y lo que es peor: declarando sentirse plenamente creativos y productivos. ¿Qué estaba pasando ahí fuera?, ¿por qué todo el mundo parecía tan activo y productivo?, ¿qué me pasaba? Yo no tenía la cabeza ni el cuerpo para tanta creatividad ni actividad. Así pues, no tardó en llegar la sensación de que durante el confinamiento tenía que rendir sí o sí. Una obligación a ser productiva, a crear algo, a estar muy-muy-muy activa (sobre todo mostrarlo en redes sociales); ocupando todas las horas posibles para sentir que era una ciudadana-persona de provecho. Pero esa sensación no me hizo sentir bien ni un solo día. Ni uno solo. Tan solo alimentaba aún más mi culpa por no estar produciendo; mi desazón por no encontrar energía suficiente en mi interior para llevar a cabo proyectos.  Y así un día tras otro: un dragón devorándose su propia cola.

Un día, mi pareja y compañera de confinamiento 🙂 , harta de desayunar con mis penurias por no estar más activa, me dijo: «¿Y por qué, simplemente, no pruebas a ser un poco más amable contigo en un momento tan excepcional? Estás asimilando algo muy excepcional. Todos lo estamos haciendo y eso ya es hacer algo». Sus palabras fueron como ver que se abre un claro en la mitad de un bosque. Tenía razón.

Dí un golpe en la mesa, literal. ¿Por qué no estaba valorando mi propio proceso interno de adaptación a esta crisis-confinamiento (no sé ni cómo llamarlo ya)?, ¿por qué le restaba valía a mi gestión de esta crisis y me comparaba con otras personas que simplemente, lo gestionaban de otra manera?, ¿por qué era mejor producir,producir,producir y no PARARSE y SENTIR? Me había dejado atrapar, una vez más, por esta sociedad de rendimiento en la que nos ha tocado vivir. En la que tienes que hacer algo con tu vida sin pararte y lograr algo, algo que te acerque al éxito (sea lo que sea lo que signifique eso). Y también me sentí atrapada por mi resistencia a reconocer mi propia vulnerabilidad. 

A partir de ahí, llámalo magia, ajustar el foco de atención o casualidad, empezaron a llegarme testimonios de personas que compartían mi mismo sentir. Había también más gente sintiéndose apática, sin ganas de hablar, sin ganas de “hacer”. No era la única persona bloqueada emocional y creativamente en el mundo. Me decidí a poner en pausa a radiomente, escucharme, a mirar lo que estaba sucediendo dentro de mí y no tanto fuera (otras personas, los medios de comunicación o redes sociales, sobre todo).

Tomarse un café con tu Vulnerabilidad y con el Trío Calavera: Miedo, Tristeza y Bloqueo

Cada una/o tiene su receta. Mirar de frente a mi vulnerabilidad era incómodo y doloroso y por eso evitaba confrontarlo “imponiéndome” hacer cosas, “ser productiva”. He leído a Jung y me sé de memoria su frase: “Lo que niegas te somete, lo que aceptas te transforma”. Pero la realidad es que invertí semanas en no mirar a mi vulnerabilidad. Y resultó que era mucho más incómodo y doloroso no mirarla, rechazarla. Fue necesario reconocerla. Darle su lugar en mi interior. Solo desde ahí pude avanzar. Tan sencillo como decirse a una misma: Vale, esta es la situación. Estoy muy asustada. No sé cómo puedo afrontar esto. Y también me siento triste por lo que he perdido. 

Me tomé un tiempo para hablar también con mis emociones escribiendo a veces y, otras veces, en un diálogo interno con el silencio como testigo.

—Querido miedo, querida tristeza. Tú también querido bloqueo, ¿nos tomamos un café y hablamos?, ¿qué os pasa?, ¿de qué me queréis informar?

—¡Al fin te dignas a escucharnos! Tenemos tanto que contarte…

Y hablamos. Claro. Hablé escribiendo en mi diario frases más sentidas que pensadas, de esas que cuando las relees lo mismo dice “uau, cómo pude ser capaz de escribir todo eso” o “no entiendo nada de nada”. Así funciona la escritura expresiva, a golpe de sentimiento. Al poco tiempo mi mente se despejó y también mi cuerpo, que se liberó de tensiones e insomnio. El efecto positivo fue inmediato. Eso sí lo puedo decir. No  digo que funcione a todo el mundo. Pero yo sí lo he vivido en mis carnes 😉

¿De qué hablamos mis emociones y yo?

  • Bueno, para empezar, atender mis emociones implicó normalizar lo que de por sí era normal: sentir una montaña rusa de emociones y también, apatía. El bloqueo creativo era el síntoma de algo que se estaba cociendo dentro de mi mente a un nivel más profundo.
  • Me permití liberarme de ese “tener que hacer algo para sentirme valiosa”. Soy valiosa por el simple hecho de estar viva. Parece increíble que siendo psicóloga tenga que recordármelo, pero fue así: tuve que recordármelo. Cómo había podido olvidarme de algo tan importante es una pregunta que aún me hago.
  • Me dí permiso para no-hacer si no tenía ganas de hacer durante esos días.
  • Miré de frente algunos de los proyectos laborales que habían finalizado “desde que empezó todo”. Tocaba despedirse y atravesar el dolor por la pérdida. Fue duro y liberador. Sé que repito mucho la palabra liberador, pero no encuentro otra más idónea para lo que sentí.
  • Algo que también me ha ayudado bastante es anotar en mi cuaderno todo lo que iba aprendiendo (que no produciendo) “desde que empezó todo”. Eso me puso en una posición de aprendiz, de persona que adquiere conocimientos y que aumenta su mochila de recursos. 

Y solo desde ahí, desde ese disfrute por aprender, ese simple no hacer nada, empecé a recuperarme un poco más. Y cada día más y más. Como Miedo, Tristeza y Apatía fueron perdiendo intensidad, Curiosidad fue ocupando espacio y así fue como pude, al fin, retomar mi afición por la lectura, a sentir que las ideas brotaban (poquito a poco), a sentirme más animada, a querer escuchar música y bailar e incluso a retomar la escritura de ficción. Donde antes había desesperación y urgencia, ahora había tiempo, mucho tiempo e ilusión. La chispa se activó.

A mi alrededor todos parecían seguir produciendo a todas horas. Pero yo estaba bien. Ya no me veía a través del super-rendimiento de los demás (si se me permite decirlo). Tenía el foco en el viaje personal tan profundamente incómodo y transformador que sucedía en mi interior.  A mi aire. 

No sé si te ha pasado algo parecido. No sé si a ti también te embaucó el ruido de la productividad. Tal vez este confinamiento haya sido el más productivo y creativo de toda tu vida o tal vez haya sido el parón más enorme que te ha dado la oportunidad de acogerte, ser amable contigo y crecer a un nivel interior. En definitiva, parar y crecer. Tal y como hacen los claveles de aire que se mantienen sostenidos meciéndose y nutriéndose de lo que traiga el viento. Y sin embargo, siguen creciendo. A su aire. 

Gracias por leer una de mis experiencias y aprendizajes con estos tiempos.

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Nos leemos, 

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