Las historias que nos definen

«Si la vida tiene una base, esa base es un recuerdo»

Virginia Woolf

¿Qué cimientos tiene nuestra narrativa personal?

Las personas somos seres narradores. Tú, que lees esto, tienes tu propia historia. Yo tengo la mía. Y tu historia es tuya y de nadie más. Y mi historia es mía, tan solo mía. La memoria, la experiencia, las palabras, las emociones… Edificamos nuestra identidad sobre recuerdos y lo hacemos de manera consciente y otras veces, inconscientemente. Repetimos y reelaboramos nuestra historia con las palabras. El lenguaje contiene lo que pensamos, nuestra cultura e idiosincrasia

Cada uno puede escoger su manera de relatar su vida. Elegimos enviar unos eventos al cajón de recordar y otros al cajón de olvidar. Pero ambos cajones, configuran nuestro yo. Hasta que un día decidimos conectar ambos cajones, lo de ahora y lo de anteayer, y reordenando nuestro pasado somos capaces de ver con claridad en nuestro presente. A mis 21 años, mi narrativa era completamente distinta de lo que fue a los 28, a los 33. Y a mis 40 te puedo asegurar que mi narrativa personal es muy distinta a las anteriores. Entre otras cosas, mi relato se ha vuelto más amable conmigo porque:

  • los errores son lecciones
  • las experiencias y los encuentros-desencuentros con personas han marcado y marcarán la dirección de mi historia
  • nunca y siempre han perdido fuerza contra el todavía en el que me siento.

Esta es mi narrativa de hoy. La de pasado mañana, quién sabe.

La vida (mi vida) que hay en mis cuadernos

No me considero una persona anclada en la nostalgia (soy más de mirar hacia el futuro), pero de tanto en tanto me gusta abrir mis viejos cuadernos. Sí, me gusta releer qué acaparaba mi atención y preocupación años atrás, o qué idea nació, qué propósito soñé o cumplí, cómo iba sorteando los diferentes eventos de mi vida, qué emociones dominaban más o menos y cómo las expresaba. Mis cuadernos también recogen eventos meteorológicos pues suele ser lo primero sobre lo que escribo cuando me siento a escribir 😉 : Llueve; Aún no ha salido el sol pero hace mucho viento; No ha parado de llover desde el domingo; Seguimos en plena ola de calor y estoy harta; El sol se esconde bajo las nubes grises, etc. Volviendo esa mirada atrás en el tiempo, puedo comprender mi presente y qué dirección sigo hacia el futuro; puedo ver cómo ha cambiado mi percepción de un suceso doloroso y cómo palabra a palabra he seguido avanzando en el camino de la vida, construyendo mi identidad, la Pilar quien soy hoy.  

Escritura para cultivar la narrativa personal

Animo a todas las personas que asisten a los talleres a que escriban un diario, aunque no escriban en él todos los días. Las animo a cultivar la escritura personal, la que nace de una necesidad interior de expresarse con la palabra; no con el objetivo de ser escritura publicada sino para conectar con quienes son en profundidad, para cuidarse dedicándose unos minutos de reflexión e intimidad, para que cultivando la escritura conecten su identidad y se sientan más libres.

Algunas personas son reacias a la escritura de diarios porque piensan: A) que eso exige escribir cada día y B) porque están convencidas de que no tienen nada interesante/importante que escribir. Otras, dicen “no tengo tiempo para ponerme a escribir”. Para quienes deseen explorar qué implica la escritura de un diario/cuaderno personal, os recomiendo este post de Narrativas y otras lunas en las que Lidia nos da 8 razones para escribir un diario y esas razones son miguitas de pan que marcan el camino de regreso a casa/identidad. 

Y ahora os voy a hablar de Elisabeth Gille. Por su nombre quizás no la conozcáis, pero a su madre sí. Elisabeth era hija de Irène Némirovsky, prolífica escritora ukraniana de origen judío y que falleció a los 39 años en el campo de concentración de Auschwitz. 

Elisabeth Gille 

Elisabeth Gille (París, 1937-1996) es la hija de Irène Némirovsky, escritora ukraniana y de Michel Epstein, ambos de origen judío. El matrimonio murió asesinado por los nazis en el campo de concentración de Auschwitz en 1942. Elisabeth Gille tenía entonces 5 años y su hermana Denise, 12.

Cuando Elisabeth y su hermana Denise se quedan huérfanas, sobreviven escondiéndose en casas de amigos de sus progenitores, y con ellas llevan siempre una maleta cargada de recuerdos de sus padres y de manuscritos de su madre, entre ellos, la novela inédita que cuando muchos años más tarde fue publicada en Francia consagró a Némirovsky como una de las grandes novelistas en francés del siglo XX, Suite francesaElisabeth Gille se dedicó profesionalmente a la escritura y la literatura durante toda su existencia. Fue traductora de novelas de ciencia ficción anglosajonas al francés y también trabajó como editora. Sin embargo no fue hasta 1992 cuando publicó su primer libro, Le mirador (El mirador), la biografía novelada de su propia madre.

Reescribir la identidad

En 1975, Denise y Elisabeth se armaron de valor y abrieron con recelo el cuaderno de tapas de cuero de su madre. Descubrieron asombradas que no se trataba de un diario sino de un manuscrito de una obra no publicada,  a la que su madre había titulado Suite Francesa. El valor de esta novela no es tan solo por el impecable estilo con el que se narra la ocupación francesa por parte de los nazis, sino porque constituye una lúcida crónica in situ de aquellos días. Poco antes de que la arrestaran, Irène seguía tomando notas de los duros acontecimientos en los que estaba inmersa y los sentimientos que todo esto le provocaba. La huida de Irène no solo fue física, sino también emocional. Escribiendo, huía del miedo, de la impotencia, de la incertidumbre.  

Ambas hermanas, descifraron y mecanografiaron la transcripción de la novela. La obra se publicó en 2004, con el título de Suite Francesa.  Cuando se publicó, Elisabeth ya había fallecido. Sin embargo, la hija pequeña de Irène había publicado unos años antes El mirador: biografía soñada de Irène Némirovsky. Elisabeth tenía cinco años cuando su madre murió y apenas pudo conocerla, pero logró captar su esencia en esa biografía gracias a las anécdotas que su hermana le explicó, correspondencia entre su madre y amigos; y publicaciones en prensa relacionadas con ella.

El mirador es una reconstrucción de la identidad materna y, en consecuencia, de la suya. Elisabeth Gille sueña las memorias de su madre desde el mirador de su propia memoria y de los rastros, escritos y no escritos, que la escritora dejó. En forma novelada y en primera persona, Gilles pone en boca de su madre toda su vida: la infancia judía en Kiev; los acontecimientos de la Revolución Rusa; el millonario exilio en el París de los felices años 20; la iniciación a la escritura y a la vida artística e intelectual; y la tragedia de la Segunda Guerra Mundial, el nazismo y la barbarie de los campos de concentración nazis. Al mismo tiempo, El Mirador intercala fragmentos en primera persona sobre la infancia de Elisabeth y Denise. Dos biografías en una. 

«Octubre de 1991. Hace tiempo que la niña dejó de serlo. A la edad que ahora tiene, casi podría ser la madre de su madre, que tendrá eternamente treinta y nueve años. Ha hecho el largo viaje y ha evocado lo imposible de evocar. Ahora se dice: «A partir de este límite, nadie, ni siquiera sus hijas, puede seguirla.» Deja hablar a la Historia. » (p. 289)

En los Agradecimientos, Elisabeth escribe: 

«Doy sobre todo las gracias a mi hermana, Denise Epstein-Dauplé, sin cuya ayuda me habría sido imposible escribir este libro. No solamente exploró su memoria sino que realizó además un largo y laborioso trabajo de documentación ».  (p. 293)

Puedes leer más sobre el libro de Elisabeth Gille en esta entrada

El mirador está publicado por la Editorial Circe

 

No querer recordar no es lo mismo que olvidar

Me gustaría nombrar en este post la obra La guerra no tiene nombre de mujer escrita por la escritora y periodista bielorrusa Svetlana Alexievich. Solía decirse que la Historia la escribían los vencedores; pero tal y como reza el título, para muchos la guerra no tiene rostro de mujer. Alexievich esculpe con su palabra a la mitad de la Historia que ha sido silenciada: la de las mujeres que participaron en la Segunda Guerra Mundial. No podemos ponerles rostro, pero Svetlana les da voz, les cede la palabra y ellas la toman con el mismo coraje con el que lucharon en la guerra.

«Además he recibido otra larga lista de nombres y teléfonos: Estarán encantadas de hablar contigo. Te estarán esperando. A ver si me explico: recordar asusta, pero no recordar es aún más terrible. Ahora entiendo por qué a pesar de todo ellas eligen hablar…»

Es difícil hallar belleza en este libro. El relato es crudo, violento e inhumano; y sin embargo cada testimonio te regala algo. Una sensación, una reflexión, un aprendizaje. Leerlo es un acto de justicia con la Historia, con las mujeres y las víctimas de cualquier guerra. 

Puedes leer la reseña completa aquí

Decía Alejandra Pizarnik «Nada más intenso que el terror de perder la identidad.» Para ello, mantengamos vivos los cimientos que construyen la mujer/hombre que somos hoy: nuestra memoria. Escribamos el testimonio de nuestra propia voz. 

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